sábado, 2 de abril de 2016

Un mensaje viviente



Amanecía un viernes, el primero de agosto, con una emoción que era muy conocida por mi familia: una salida con Gigi, mi novia, hacia la Feria del libro que se llevaba a cabo en el Parque Los Caobos, combinando en una salida dos placeres que inundan tanto mis sentidos como mis deseos casi eternos de ilustrarme de manera integral. La salida estaba pautada para las 9 am, pero como la impuntualidad es uno de los atributos menos atractivos de Gigi, terminamos encontrándonos en la Estación Las Adjuntas como a las 10 y media; después de ello nos dirigimos al andén y entramos rápidamente al último vagón, el cual tenía el privilegio casi milagroso de tener aire acondicionado y pocas personas de pie.

En el transcurso del camino, nuestra conversación se avoco casi por completo a la actualidad del país, lo cual es común tomando en cuenta que mi futura profesión ya comenzaba a empaparme con el deseo casi obligatorio de conocer todo lo que ocurre en mi país y en el mundo, tanto desde mi punto de vista como el de los medios impresos y digitales, ya sean equilibrados o marionetas sin vida de alguna cúpula política. Hoy queríamos romper un absurdo estigma que los medios y las redes sociales han solidificado hasta niveles colosales: que las personas que tienen visiones ideológicas distintas deben tener un odio irracional entre ellos, hasta llegar a los extremos de desear su muerte o la aniquilación de ellos, dependiendo de la visión de cada uno. Pero antes de llevar a cabo esa misión, teníamos que hacer una parada en el centro de Caracas en dirección al IPASME, ya que Gigi necesitaba averiguar para hacerse una cita con el odontólogo para poder extirpar sus cordales, ya que los breakes pedían a gritos más espacio en su boca; una vez llevada a cabo esa tarea, decidimos visitar a su hermana, que había resuelto trabajar en una tienda de mayoristas en la hoyada para tener algo de dinerillo extra y darse uno que otro gusto, justamente aquel día había comprado unos zapatos vinotinto con tacón de color semejante al corcho, que lograban que su estilizada figura superara sin ninguna dificultad a la de su hermana mayor, lo cual genero un bombardeo incesante de chalequeo ante la egoísta glándula pituitaria que no se dignaba en ser un poco más generosa con mi novia.

Gigi buscaba la tarjeta, ya que necesitaba comprar unos útiles, después de ello visito varias tiendas, buscando el mejor producto y el mejor precio, cosas que rara vez se juntaban para formar un matrimonio feliz. Después de varia vueltas logro encontrar sus útiles, aunque tuvo que comprarlos en lugares separados, debido al divorcio casi generalizado de la calidad y los buenos precios en gran parte del centro de Caracas.

Después de esto decidimos ir a la feria del Libro, destino fijado por nuestra misión, que llevamos a cabo desde el momento en que pisamos la avenida Bolívar, lugar poblado de personajes pintorescos quienes con su lenguaje soez, que en sus pobres oídos interpretaban como el más dulce poemario, y su mirada inyectada en deseo buceaban sin la más mínima consideración a mi novia, cosa que encendió mi alarma interna, a pesar de que ella decía casi con cinismo y descaro que ya estaba acostumbrada a dicha situación.

Una vez que pisamos el corredor de ciclistas sin ciclistas que nos llevaría hasta las adyacencias de la feria del libro, pusimos en marcha nuestro mensaje: Gigi se colocó la gorra que identifica a la oposición venezolana y yo me coloque la gorra que identifica a los del partido de gobierno, que era exactamente igual a la anterior, con la sutil diferencia de que poseía un 4F, en el cual se veía la silueta del fallecido presidente Chávez; normalmente la única manera de que las personas conozcan nuestra ideología es cuando nos confrontan en esa temática, pero con esos distintivos era prácticamente evidente las visiones de ambos.

El hecho era sencillo: iríamos a la Feria del Libro, que ese encontraba en los espacios del Parque los Caobos, con estos “distintivos”, lo cual generaría una que otra mirada o sutil comentario al ver a dos personas con esa “barrera ideológica” totalmente destruida por los dulces comentarios y el cariño característico de cualquier pareja. Al llegar a la Feria, las personas, más allá de mirarnos con alguna muestra sutil de asombro, se comportaban de manera normal, mientras veían libros, compraban uno que otro título interesante o formaban parte de los foros y toldos especiales, donde emisoras radiales ofrecían su espacio para que los usuarios de la feria compartieran sus experiencias en la feria, lo cual me daba la inmediata percepción de que ese estigma era solo una ilusión de las redes sociales o de los más rancios representantes de ambos extremos de la ideología venezolana; claro que de vez en cuando al pasar por algún puesto, uno que otro vendedor me tomaba de la mano, me escrutaba un cálido “camarada”, me mostraba algún repertorio de sus libros y me daba una breve pero muy interesante clase de geopolítica internacional o me mostraba las bondades de algunos libros para aumentar mi sapiencia izquierdista. Buscaba con mucho detenimiento algún libro del conocido periodista Earle Herrera, sin tener mucho éxito en primera instancia, cosa que me indigno tomando en cuenta que era el escritor homenajeado en dicha feria, titulo bien merecido ya que como periodista, escritor y poeta mostraba una lucidez y seriedad impecable.

En lo que respecta a Gigi, su búsqueda era por libros más técnicos, relacionados más directamente a su profesión de enfermería o en algún idioma en el que la fluidez en que lo manejaba hacia que desde mi percepción comprar esos libros era innecesario, pero este humilde mortal no le iba a negar a otro mortal su necesidad de pulirse en su manejo del inglés.

La única anécdota que podría nombrar dentro de la Feria fue una muchacha que se nos quedó viendo por unos breves momentos con una mirada de indignación, lo cual me llevo a una encrucijada mental: ¿le extrañaba que yo estuviese con ella o que ella estuviese conmigo?, una reacción que tenía bastante mentalizada, aunque me alegro de que fue la única, ya que eso me demostró que los verdaderos cultos no se dejan llevar por el absurdo estigma mediático que riegan como semillas de Monsanto en el entorno digital con el único fin de contaminar el agradable entorno de las redes.

Una vez que veníamos de regreso, tuvimos que hacer una parada técnica en Artigas para buscar una impresora, que llevaba varios días en mantenimiento, en los cuales perdimos unos cuantiosos negocios de impresión, y por fin estaba lista para volver a dar un sutil apoyo económico a mi hogar; al volver a la estación, paso un señor de avanzada edad hablando con otras personas y en su conversación lanzo una punta muy certera a mi o al menos lo que, gracias a mi distintivo posado en mi cabeza, representaba en ese preciso instante, decidí ignorarlo ya que su opinión era tan vacía como las personas que me critican en las redes sociales con unas palabras rebuscadas y argumentos complicados que ni ellos mismos entienden con el fin último de parecer cultos aunque en el fondo sea la pataleta trivial de quien no quiere perder una discusión.

Una vez que llegamos a Las Adjuntas, nos fuimos a nuestras respectivas casas, con la firme convicción de que fuimos de una u otra manera un mensaje viviente del ideal de sociedad venezolana, una que discute sus diferencias con respeto y sin olvidar la amistad o la relación a pesar de tener visiones totalmente distintas, que no existe peor crisis en Venezuela que la que nos hemos creado con nuestros propios compañeros venezolanos, que despreciamos, menospreciamos, difamamos, calumniamos, odiamos e incluso deseamos su muerte por la absurda excusa de que no piensa igual a ti, esta visión no solo trastoca la visión del país en el exterior, sino que empeora nuestra situación social, económica y política, ya que todos nuestros problemas comienzan con el hecho palpable de no entendernos y despreciarnos por nuestros ideales.

El verdadero cambio, la verdadera solución, la única “salida” que existe en nuestro país para este estúpido trance es que los venezolanos dejemos de vernos como “dos mitades” y comencemos a llamarnos “venezolanos” donde las diferencias de ideales, más allá de separarnos sean el motor principal de las sanas discusiones que deben velar por el mejoramiento en todo aspecto de este país que, aunque algunos me digan lo contrario, es uno de los mejores que existen en el mundo para vivir

(Aunque ya no es mi pareja, el aprecio que le tengo es muy grande, gracias por formar parte de esta cronica)

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