La esquina de La Pelota: poco antes de la entrada en funcionamiento de la Compañía Guipuzcoana en el lugar donde se ubica esta esquina se comenzó a construir una muralla para proteger la ciudad. La obra quedó inconclusa porque no contaba con el apoyo de los caraqueños.
Con la entrada en funcionamiento de la Compañía Guipuzcoana, los vascos, trajeron sus costumbres y al encontrarse con esa estructura amurallada, eligieron ese lugar para practicar su tradicional juego de pelota, luego de hacerle las adaptaciones necesarias. Esa fue la primera instalación deportiva conocida en la historia de Caracas. Desde entonces se llamó el lugar “la calle de la Pelota” y luego “la esquina de la Pelota” hasta nuestros días.
Esquina de “Los Traposos”
Adquiere su nombre por la desafortunada familia que allí residía. Después de contarse entre los acaudalados de la época, acogieron un infortunio de riqueza que los condujo a la miseria, generando compasión entre sus vecinos quienes tuvieron la precaución de recolectar ropa que les enviaron para que cubrieran sus cuerpos.
El cronista Enrique Bernardo Núñez apunta que el primer ceremonial que rigió la publicación del Edicto de la Santa Fe y Anatema, el tercer domingo de Cuaresma de 1779, se menciona la calle de “Traposos”, entonces de “José Francisco Landaeta”, y Lucas Manzano expone “lo nada poético del nombre con el cual los mantuanos la estamparon”.
El cementerio del Oratorio de San Felipe Neri, que ocupó el lugar donde hoy se encuentra el Teatro Nacional, exhibía unos cipreses, retoño del que figuraba en la tumba de Napoleón, traídos por el señor Rudolf Dolge a Caracas que admiraron a Humboldt y dieron nombre a la esquina llamada anteriormente de “Juan Clemente”. Los cipreses, Cypresus sempervirens, tradicionalmente han sido utilizados como ornato en los necrópolis, desde los tiempos de la antigua Roma.
El sitio donde se encuentra actualmente el templo de Santa Teresa, existió el Oratorio y el convento de los monjes neristas rodeado por los particulares ciparisos, esta calle era muy frecuentada por los músicos Ambrosio Carreño, Juan Manuel, Juan Bautista Olivares, Marcos Pompa, Juan José Landaeta, entre otros artistas, “maestros y alumnos todos de la Escuela de Música “San Felipe”. Comentan los cronistas que era corriente observar al padre Sojo en su mula rucia recorrer “San Antonio de los Altos” donde tenía un fundo de café; retornando nuevamente para impartir sus armoniosas clases magistrales.
Esquina de “Muñoz”
Debe su nombre al Doctor Miguel Muñoz y Aguado, quien ocupaba el cargo de Examinador Sinodal del Obispado Provisor en 1747, según el cronista Blas José Terreno, era un hombre desalmado. Fue precisamente el Dr. Muñoz quien, en virtud de Real Cedula de Carlos III, fechada en San Lorenzo del Escorial el 2 de noviembre de 1773, firmó el edicto del 6 de julio de 1774 que limitaba el derecho de asilo de los reos a las iglesias Altagracia y San Pablo, entre otros sitios, la casa solar de los Arquinzones, en la actual esquina de Maturín.
La esquina de Muñoz, tuvo una pila de agua desde 1786, Don Juan José de Landaeta, músico, a quien se le atribuye la composición de la canción patriótica “Gloria al Bravo Pueblo”, había pedido que, en vista de hallarse las aguas del Caroata infectadas “con las bascosidades que arrogaban las carnicerías adyacentes y no serle posible servirse de dicha agua”, se le concediese una pulgada de este elemento para una alcantarilla en la medición de la calle que corre de la esquina del Doctor Miguel Muñoz para Carguata y en un solar que ha ofrecido uno de los vecinos. Estos, por su parte, han reunido una contribución que alcanza a 167 pesos con 6 reales.
Esquina de Carmelitas
Originalmente distinguida como “San Mauricio” por la ermita construida, en 1577, en honor a este santo, para que intercediera contra la plaga de langostas que azotó a Caracas, al poco tiempo de fundada. Esta capilla fue destruida por un incendio, y la imagen del patrono trasladada a la capilla de San Sebastián, hoy, “Santa Capilla”. En el año de 1725, vivía en una casona, situada al sur de la iglesia de Altagracia, doña Melchora Josefa de Ponte y Aguirre, quien para aquella fecha solicitó y logró del Rey, convertir su morada en un convento dedicado a las “Carmelitas Descalzas de Santa Teresa”.
Pasarían siete años para que llegasen de México, junto con el obispo Juan Félix Valverde, las primeras religiosas. Apenas instaladas, sobrecogió a las monjas un terror misterioso, - señala Don Blas José Terrero- que nada las calmaba. Fue tal el escándalo sobre apariciones que animaron al cura de la Catedral a escribirle al Rey exponiéndole las dificultades que se presentaban para la fundación del convento. El monarca, por Cedula expedida en Sevilla en 1732, ordenó suspender la fundación, dando consentimiento para que las religiosas regresaran al país azteca. Quedándose la superiora, quien se ofreció a continuar la obra.