sábado, 2 de abril de 2016

Guaraira Repano, en tus faldas descanzamos



Al nombrar las bellezas que existen en la ciudad, en definitiva ninguna estaría por encima de aquella hermosa serranía que divide el valle de Caracas con las costas del estado Vargas, un auténtico paraíso que bordea la ruidosa e incasable alma atormentada de la metrópoli caraqueña, convirtiéndose así en un escape idóneo de ese amasijo inverosímil de humo, ruido y preocupación que se vive tanto en la ciudad como en las barriadas más alejadas de aquel hermoso lugar. Solo basta con entrar en este espacio y veras que la atmosfera cambia drásticamente: el aire que se respira tiene un olor distinto, un olor dulce y sereno, que con dulzura impregna nuestros sentidos; la combinación armónica entre la naturaleza, fresca e imponente, con la gélida neblina montañosa crea un ambiente místico y misterioso que evoca a cualquiera que entre en él a un estado de relajación y conexión con la madre tierra.



Entrar en este paraíso se puede realizar de distintas formas: a pie, ya sea por Sabas Nieves o por el Venado, en teleférico, ubicado por Maripérez, o en jeep para ir al próspero y encantador pueblito de Galipán, un pequeño asentamiento en la majestuosa ciudad donde abundan los cultivos de flores, actividad económica por excelencia del lugar.


Buscando entre los orígenes del nombre, me encontré que viene de un vocablo de los indígenas que vivían en sus faldas que significa “la ola que vino de lejos”, debido a un mito en que se afirma que antes el cerro no existía y se podía ver hacia el mar. Los indígenas que habitan el lugar ofendieron a la Diosa de los mares y esta, llena de ira, levanto una gigantesca ola para acabar con los insolentes habitantes del valle. En ese momento los indígenas le imploraron su perdón y que no los destruyera, la diosa se conmovió con ellos y decidió congelar la ola, la cual se convirtió en la serranía majestuosa que cubre todo el norte de la ciudad.


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